viernes, 9 de mayo de 2014

FERIA DE ABRIL.- 


La ensoñación de un toro de El Pilar

Ni frotándose los ojos cuando las mulillas arrastraban a 'Niñito' algunos aficionados distinguían si había sido realidad o un sueño su embestida. La ensoñación de un toro tan sublime cuesta creerla. Como la perfección, que también existe. Aunque la mayoría de las veces sea onírica. 'Niñito' ya había cumplido los cinco años, pero la armonía de sus líneas elásticas, su generoso cuello y su cara sevillana, aun con sus arrugas, hacía que su nombre cobrase sentido. El toro de El Pilar era una pintura encendida de rojos, una piel colorada que brillaba desde el sol. Su larga anatomía escondía 545 kilos, que se desplazaron siempre sobre la finura de sus cabos, como si no dejasen huella sus pisadas sobre el albero. 

No hubo una duda desde que David Mora se presentó con el capote y le voló la verónica con mejor expresión y empaque por el izquierdo; el toro cogió la onda del lance y ya planeó majestuosamente. La media verónica por el pitón contrario también desprendió su aquél. En estos remates el codilleo de Mora cobra cierto sentido. 

En un quite por chicuelinas a la salida del puyazo, el toro tomó dos con gusto antes de que lo descompusiesen las más amontanadas de David Mora. Y, tras la siguiente vara, el cinqueño volvió a repetir en otro quite por Chicuelo de Miguel Abellán, que por variar algo entreabrió el compás. 

Mora entendió que, para hacer valer aún más la calidad del toro pilarico, la primera serie debía ser desmayado y mirando al tendido: Niñito se toreó solo. Desde entonces, en una faena planteada en paralelo a las tablas, los derechazos involucionaban constantemente a peor. El siguiente mejoraba el anterior en una tanda encorvada sin rematar ninguno y en otra acortándolos malamente, no ya en codilleo, sino con un codazo como si atrás hubiera algún fantasma carterista aproximándose. El toro de fábula, hicieran lo que le hicieran, seguía con su humillado son, el temple sostenido, en clase 'business'. Los pases de pecho se convertían en lo más largo de cada tanda y lo mejor del toreo cortocircuitado de David Mora.  
De alguna manera, por la izquierda corre más la mano, mas inexplicablemente en cinco naturales conseguía embalar una embestida templadísima, que pretendía otro tacto, una seda y no un látigo. Otra más siguió los mismos parámetros de exceso de revoluciones, sin que allí surgiese en ningún momento una reunión amistosa. Y se fue a por la espada cuando el toro contenía otra faena dentro. Quizá mejor así. Las manoletinas también mirando al tendido precedieron a una estocada trasera. Cómo estará la gente de 'desesperá' que pidió las dos orejas; la cosa quedó en una por aquello del talante democrático del Reglamento. Y el toro se arrastró sin que nadie exigiese su vuelta al ruedo en el arrastre, un algo, un reconocimiento. 

Para compensar sus estrechas sienes, 'Niñito' se enlotó con un sexto de cara muy abierta, que sacó genio y mal estilo hasta rajarse. David Mora se tapa más con el malo y le echó valor incluso para matarlo por derecho: la taleguilla quedó totalmente desgajada. Una gran ovación lo despidió de la Maestranza. 

El otro toro de la corrida de El Pilar le correspondió a Miguel Abellán. Un toro muy hondo, negro y serio. Otra forma de embestir. De las que pesan por su profundidad. Abellán, tras el ilusionante prólogo, probablemente acusó el tiempo de retirada, y el toro, muy sangrado, el castigo en el caballo. La muleta retrasada ayudó poco. Un gigantesco sobrero buey de Jandilla -622 kilos- cabeceó mucho aunque afortunadamente para ya el veterano torero de Madrid no se comió a nadie. Con la espada también notó la inactividad. 

El peor lote se juntó en las manos de Manuel Escribano, que sumó más saludos a portagayola -seis en tres tardes-, volvió a banderillear con desigual tino y vio impotente como sus toros se venían abajo. Alguna verónica de manos bajas quedó en una tarde que tuvo nombre de toro

fuente:elmundo.es