jueves, 18 de abril de 2013



Decir Morante



Por Paco March


Morante es decir toreo; decir Morante es decir torería; decir Morante es decir Sevilla; decir Morante decir Morante...


Como una letanía, el nombre de Morante articula todos los discursos del planeta taurino y, al repetirlo, actúa como conjuro para todos los males.


Y son muchos- los males, digo- que perviven, se acentúan y acechan en una Fiesta que sigue la deriva que marca la degeneración de (otro) protagonista esencial: el toro.


El totémico animal salta a los ruedos de Iberia (una vez pasada la criba de los reconocimientos preliminares, que esa es otra), con la muerte en sus astas . sí, pero también ¡ay! disminuido, dulcificado, en aquello que lo dignifica y diferencia, casta lo llaman, sea brava o mansa.


Decía Valle Inclán que el toro bravo es el toro que embiste y que esto lo sabe hacer desde hace miles de años. Y José Bergamín se lamentaba, en " La música callada" (1981) de que "ahora vemos salir tantos toros que no embisten que casi diría que no vemos otros, vemos toros que pasan, que siguen fácilmente el engaño con tanta docilidad como si estuviesen amaestrados".


Tres décadas después, el problema se ha agravado, el toro se ha olvidado de embestir y nadie parece estar por la labor de buscar soluciones. Al contrario, diría.


Y así, transcurren las tardes de toros en una modorra apenas quebrada por fogonazos.


Si de la Feria de Abril hablamos (Resurrección al margen), a falta del tramo final que cuenta con platos fuertes como el (nuevo) encuentro entre El Juli imperial y un Manzanares en el ojo del huracán y los miuras del domingo y Julián López ante ellos, Morante se alza sobre todo y todos.


Decimos Morante y , mientras el corazón se recompone y los ojos se iluminan, vemos un capote mecido por manos (de la muñecas a las yemas de los dedos) que se mueven al compás del alma torera, que es más alma si cabe.


Pero, vencida la tentación de quedarnos ahí, el prodigio morantiano va mucho más allá . Cada movimiento, cada quietud, del de La Puebla es una sacudida, una revelación y, atentos los ojos, abiertos los sentidos, sólo resta gozarlo.


Cierto es que, siguiendo el hilo de ese toro desbravado (el que no es "enteramente manso", en definición de Bergamín), las tardes de Morante en la Feria no han pasado el fielato del último tercio, salvo una ( lo de la música ya canta) poco valorada faena al jabonero cuvillo de la tarde del lunes, con media docena de naturales, esparcidos en tres tandas, de soberbio trazo y mayor hondura .


Lo del capote en el cuarto (y, en menor medida, en la de El Pilar del miércoles) provoca, en quien se atreve a contarlo, visitar el abismo donde fracasan las palabras. No seré yo – pobre de mí- quien acepe el reto.


Pero es que, además, Morante, da cada vez más señales de que ha interiorizado su papel decisivo en esta hora incierta del toreo y del huraño y esquivo genio de no hace mucho, hemos pasado a un Morante hasta locuaz (en su justa medida, faltaría más).


Comprometido, sentencioso , saleroso y dandy , con estrambóticos atuendos en la calle (bajo los que se sigue viendo a un torero) y rasgos añejos en el ruedo (de la coleta natural, a los andares; del manejo de capote y muleta a la salida de las suertes), Morante se permite , mientras cambia el estoque simulado por el de muerte, interpelar al delegado gubernativo para decirle "es un vergüenza que mientras nos jugamos la vida, ahí fuera nos estén insultando a gritos" y, también, brindar a Francisco Rivera , pelillos a la mar con la Medalla de las Bellas Artes.


La Bellas Artes, más bellas y más artes si decimos Morante



fuente:burladero.com