miércoles, 4 de marzo de 2015

Ya esta a la venta el opus 31 de Tierras Taurinas dedicado a la, ...

CASTA JIJÓN 


De todas las castas fundacionales, la Jijona es, quizás, la que peor se conoce. No son pocas las leyendas que la han acompañado a lo largo de casi cuatro siglos, sin que aún se sepa con certeza de dónde proviene y dónde ha ido a parar. Gracias a los trabajos publicados por varios investigadores, así como a averiguaciones personales, ofrecemos aquí una síntesis que abarca su historia, cuyo principio y fin siguen envueltos por el misterio : entre la flor de lis, mediante la cual lo Jijón marcaban sus toros, y el Uro de Heck, posiblemente su descendiente más fiel, ¿ qué ha sido de aquella raza que, según cuentan, procedía, nada menos, que de la primera Real Vacada creada por Carlos I en Aranjuez ? 

De Villarrubia de los Ojos del Guadiana a la Sierra de Guadarrama, de las marismas de la Camarga a los confines de Sierra Morena, donde se encuentran las ganaderías de Alfredo Quintas, Yonnet y Peñajara –históricamente, sus últimos descendientes directos–, este viaje pasa también por Peñascosa, Aranjuez, Colmenar Viejo y Salamanca, donde las vacadas de Gil de Flores, Gaviria, Aleas, Elías Gómez, Bañuelos, Vicente Martínez y Montalvo vivieron horas de esplendor. 

Y como no podía ser de otra manera, esta Ruta Jijona vuelve a su punto de partida gracias a un puñado de aficionados quijotescos que luchan para reintroducir los toros de Jijón, o lo que queda de ellos, en los parajes donde nacieron y donde descansa para siempre José Antonio Jijón de Torres, «cavallero del Hábito de Calatrava», el último representante de una familia manchega que los encumbró.. 

LOS TOROS DE LA TIERRA 

Como no podía ser de otra manera, en Madrid, el pasado taurino, incluso el más remoto, se esconde en el Museo de San Isidro, en la plaza San Andrés. Allí, entre otras joyas, se puede admirar el cráneo monumental de un uro hallado en el Arenero del kilómetro 7 de la antigua carretera de Andalucía. En las inmediaciones de la plaza de Las Ventas, durante las obras de remodelación de la M-30, se encontró otro cráneo de uro en unos sedimentos datados entre 16.900 y 12.300 (Pleistoceno Superior), extraídos del Arroyo Abroñigal. Ambos uros pueden considerarse los “antepasados” de los Toros de la Tierra. Desde hace unos 500.000 años y hasta hace unos 120.000, lo que sería Madrid atravesaba un ciclo de temperatura cálida que favoreció la presencia de bosques de encinas, pinos, abedules y avellanos, cercanos a los ríos. Hace 120.000 años, el valle del Manzanares no se parecía a lo que hoy conocemos: los relieves de las márgenes, colonizados por manchas boscosas, no eran tan acentuados como ahora. El fondo del valle estaba formado por una amplia vega situada a unos 18 metros por encima de la actual, por donde discurría el río, más caudaloso que en la actualidad, con inundaciones periódicas. Los hipopótamos, uros, caballos y rinocerontes abundaban hasta que el clima sufrió un enfriamiento hace 80.000 años, aproximadamente. El futuro Madrid se convirtió entonces en una estepa, mientras que, al cortarse el agua de la sierra y quedar hecha nieve, el Manzanares y el Jarama redujeron su caudal. También desaparecieron varias especies de animales, sin embargo, el uro se adaptó. 

El hombre también se adecuó a esta tierra menos hospitalaria y, durante el Paleolítico, los cazadores-recolectores se asentaron en el Valle del Manzanares, aprovechando los recursos naturales de la zona, entre ellos el uro, al que cazaban para comérselo, igual que se hacía en Siega Verde (ver opus 26), Villars (opus 27), Navarra o la zona Cantábrica (opus 28). No obstante, en Madrid, no se encontraron vestigios arqueológicos-artísticos realizados por los primeros hombres: en el área de Madrid no existe un Siega Verde, un Altamira o un Lascaux. ¿Los primeros madrileños poseían menos inspiración que sus primos lejanos del norte? Quizás, en el día más insospechado, se descubrirá un grabado o una pintura parietal en cualquier cueva de la sierra aún por hallar, si es que existe. 

Durante milenios, el uro, entre otras especies, constituyó una reserva cinegética abundante para los primeros madrileños que poblaban las vegas fértiles del Jarama, el Manzanares y el Tajo. De estos rebaños salvajes que vivían en las inmediaciones de dichos ríos, nació una raza autóctona que, varios milenios más tarde, se llamaría “Toros de la Tierra”, cuyo territorio se extendía entre Guadarrama y Somosierra, hasta la llanura de Ciudad Real y los humedales de Villarrubia de los Ojos, ocupando también los Montes de Toledo. Como sucedió con la Raza de Castilla, estos Toros de la Tierra tuvieron su época de gloria en la Historia de la Fiesta Taurina, sobreviviendo en primera fila casi un siglo más que los de Castilla, antes de desaparecer de los carteles en la misma época, más o menos, que los toros de Navarra, cuando los encastes andaluces tomaron el poder. En un afán de simplificación comprensible pero abusivo, los historiadores taurinos del siglo XVIII clasificaron como “Casta Jijona” a las distintas piaras nacidas del uro y que, en realidad, constituían el tronco de los Toros de la Tierra. 

Algo parecido ocurrió en Andalucía, donde las ramas arcaicas tomaron el nombre de quien mejor las crió: Miura para los Cabrera, Pablo Romero para los Gallardos, Vistahermosa para los de Rivas o Vázquez para la mezcla de todas ellas. Lo cierto es que este Toro de la Tierra abundaba en la Edad Media; tanto que lo cazaban por el monte, los bosques o las llanuras, igual que sucedió en otras regiones donde también existía. Así, cuando se adentraron en la Meseta a partir del siglo XI, los nobles cristianos lo utilizaron en sus fiestas caballerescas. Una prueba de su importancia fue que el Rey Carlos I se hizo ganadero a partir de estos hatos, ordenando su crianza en la Real Vacada, situada en el Real Sitio de Aranjuez. Aquella ganadería de los Toros de la Tierra puede considerarse la más antigua de todas, y la más duradera, ya que existió durante seis reinados a lo largo de más de dos siglos. Antes de que los encastes andaluces asomaran por la Corte, desapareció sin dejar descendencia. Los toros Jijones, en cambio, que procedían del mismo tronco, dejaron una huella que todavía pervive envuelta de misterios: entre la flor de lis que constituyó su emblema y el uro de Heck que fue su último destino, ¿qué ocurrió con ellos?

fuente:tierrastaurinas.com