sábado, 15 de noviembre de 2014

INTERESANTE ARTICULO.-

La quiebra

JAVIER ARROYO

SALVADOR BOIX (ex apoderado de José Tomás) 

Cuentan los taurinos que la tauromaquia está en quiebra definitiva. Hablan de altos costes, de honorarios, de reglamentos, de cánones, de convenios, de comunicación. Y de respeto y prepotencia que piden unos y ejercen otros. A todos estos factores atribuyen la crisis galopante e imparable en la que navega el toreo hace ya años. 

Se apela a la unidad de todos contra el enemigo exterior e interior; se mueve el lobby taurino para poner en la ruta del SXXI a la tauromaquia; se celebran reuniones, se elaboran planes estratégicos para salir del atolladero marcando sendas a seguir que deberían llevar al toreo al mismísimo cielo eterno en la tierra. Entretanto, cada vez menos público en las plazas, menos atracción popular, menos gancho social del toreo. El toreo está sumido en la vulgaridad de lo laico. La tauromaquía camina hacia la nada. 

Extrañamente nadie apunta a lo que, a mi entender, es cuestión nuclear y causa primera de ver instalada la tauromaquia de hoy en la pendiente viscosa hacia la nada. Hoy, con el toreo sumido en la vulgaridad de lo laico, el pueblo se pregunta -y con toda la razón- dónde diablos se encuentra el llamado 'misterio taurino' que le contaba el abuelo, aval moral y sustento material del invento. Y al no hallarlo en los ruedos, su hábitat natural, -sagrado y misterioso, para más señas- dice la gente que con su pan se lo coman los taurinos, que qué pena y qué despilfarro y que ya no vuelve a los toros, que para farsas las del telediario. 

Lleva años la estética taurina instalada en la impostura. Una generación. En los ruedos de hoy la casta taurina pregona flamencamente un discurso de oro en paño, siendo en realidad simple y vulgar latón y latazo. Casi nada queda de la verdad estética del discurso artístico que el toreo lleva grabado en su ADN: aquello mágico y misterioso que en los toros debe conmover y emocionar. La esencia estética y ritual que ha mantenido 500 años al toreo entre nosotros ha sido traicionada. El pueblo, que siempre buscó en la tauromaquia la trascendencia, la conmoción emocional, un sentido ritual y purificador, ha visto convertido el arte taurino en acontecimiento banal, vacuo e incomprensible y, además, con sangre. Y ya no respalda el invento. Una ruina. Hemos llegado al toreo frívolo, amanerado y de puntillas. 

Retorcimientos generales, flamencuras impostadas, el toreo de puntillas, el ventajismo, la vulgaridad y la banalización del rito son el pan de cada tarde. Una ruina. Del asentamiento, la seriedad y la firmeza sin afectaciones del toreo cabal, hemos llegado al toreo frívolo, amanerado y de puntillas: por cada fotografía de un torero -matador o novillero- con sus pies hundidos en el albero, se publican hoy centenares de estampas taurinas donde despacha el matador el lance o el natural -en sacrilegio sumo- con una zapatilla en el suelo -su sitio natural si de toreo se habla- y la otra tan sólo rozando el piso con la fina puntita, componiendo así el figura de turno una estampa de cursilería tal como para auyentar al primer curioso o primo que se haya cruzado con la tauromaquia pensando, iluso, que aquello iba en serio y con quietud, no en serie y constante movimiento. Así se torea hoy y eso no interesa a nadie más que a figuras, palmeros, revisteros y becarios que nutren y se nutren del engendro. Todos ellos lamentablemente engullidos por el sistema estético y metodológico que sostiene eso que llaman toreo en nuestros días. Una ruina. 

La ausencia de perspectiva, de análisis crítico por vía estética, elabora un relato con un lenguaje, sea corporal, oral o escrito, incomprensible para el ciudadano y nauseabundo para el aficionado. Relato consistente en desgranar acríticamente el transcurso de la tarde, haya toros o no, se toree o no, baje cristo de la cruz o no. Y el pueblo, que no es tonto, sabedor del fraude y el sacrilegio cometidos, ni se acerca a tal despropósito que ni es cultura, ni es ritual ni es nada. Esa es la ruina. El pueblo y la afición quieren ver a quien fielmente reproduce lo que su traje le revela. 

Salvo excepción. Porque alguno hay que sigue fiel al toreo y a su estética, a su ética y a los cánones del ritual. El publico, a lo largo de la historia, ha acudido al reclamo de quien así se comporta. No porque sea el torero más guapo ni más ligón ni más elegante ni porque comunique, entre humos, virtuales azañas de magia ful. No. El pueblo y la afición, hermanados por la emoción del toreo verdadero, quieren ver a quien fielmente reproduce y consagra cada tarde lo que su traje sagrado le revela: el honor se ser y hacer el toreo, no una pantomima que, esa sí, es la culpable de la quiebra de este maravilloso arte. 

Conjúrese el toreo para devolverle al pueblo el misterio que le han arrebatado. Y si les falta coraje para acometer tan noble empresa, dejen paso, que toreros todavía quedan esperando a que ustedes se vayan.

fuente:elmundo.es