domingo, 21 de septiembre de 2014

Curro Romero 

“Faltan toreros revolucionarios, esos que logran atraer al público” 


Curro Romero repasa su vida y el mundo del toro mientras disfruta de su retiro a los 80 años.

Si Curro ha sido la armonía en el toreo, de armonía y tranquilidad viste el jardín de su casa, donde el mito nos recibe cuando el verano da sus últimas bocanadas y asoma el otoño por el Aljarafe con sus primeras nubes. Nos habla de soledades y miedos, de triunfos envueltos en gloria y de fracasos acompañados de improperios. Romero no deja indiferente, pese a una timidez que le acompaña desde siempre. Todo ello, con un halo que mezcla sabiduría natural y sencillez. Hoy nos adentramos en las palabras de un genio para encontramos con un tesoro oculto que nos tenía reservado: la Sevilla del Faraón de Camas.

-¿Qué representa el Premio Taurino Ayuntamiento de Sevilla? 

-Este premio debería existir desde hace años. Sevilla, además de ser una de las ciudades más bonitas y singulares del mundo, es la más torera, con una afición torerista y una sensibilidad única. 

-¿La Sevilla de su infancia y juventud con respecto a la de nuestros días? 

-(Mira al frente con aire nostálgico) Ha cambiado. Era más tranquila. Ahora hay demasiados coches. Han desaparecido todas las tertulias taurinas y todo eso lo echo de menos.

 -También hay una involución, han retornado las bicicletas y el tranvía... 

-(Sonríe) Si es para bien, me alegro. Yo de niño venía desde Camas a Sevilla dando un paseo, en bicicleta, en tranvía, de todas formas.

-¿Sevilla y la Maestranza para Curro Romero? 

-(Abre las manos, despaciosamente, como si extendiera su capotillo) A Sevilla se lo debo casi todo. Es la que me parió como torero y me ha mantenido. Con un público único y respetuoso con todos los toreros, y no hablemos de los silencios que se viven en su plaza. Tuve la suerte de que cuando me vieron torear por primera vez me acogieron como torero de Sevilla, lo cual no es fácil. Es una afición única, con mucha sabiduría y mucha sensibilidad. Los toreros que ha escogido han sido especiales, como la ciudad. 

-¿Sus mejores faenas en Sevilla? 

-Son muchas las buenas faenas. No recuerdo una en especial. Aunque algunas no se remataran con la espada, después de torear bien se quedaba uno a gusto. 

-¿Los momentos más amargos? 

-(Me mira a los ojos, de frente) Nunca pienso en las cornadas. Hubo rachas malas, cuando no embestían los toros. Tiraban almohadillas. Pero un amigo me decía: "Curro, si te regañan es por lo que dejan de ver". En mi última etapa, poco antes de la retirada, recuerdo una tarde en la que un espectador me gritó: "¡Curro, te odio. Mañana va a venir a verte tu madre!" Me dijeron que se marchó y volvió al poco. Volví a escuchar, como toda la plaza, otro grito: "¡Curro, mañana va a venir a verte tu madre... y yo!". Son arrebatos. 

-Hay quien habla de escuelas ¿Qué tiene su toreo de la sevillana? 

-No creo en escuelas. O se torea o no se torea. O se tiene arte o no se tiene arte. Los lances y los muletazos tienen que ser como lamentos porque el toreo es transmitir rápidamente al público lo que sientes. 

-¿En qué momento se encuentra la Fiesta? 

-La cosa está delicada. Es muy caro organizar una corrida. No salen muchos toros buenos y la gente está yendo poco a las plazas porque las entradas resultan muy caras por la crisis económica. Si los empresarios no lo ven rentable se lo piensan mucho. Por otro lado, los toreros tienen que ganar dinero porque son los que se juegan la vida. Es difícil el equilibrio. 

-¿Soluciones en este sentido? 

-Primeramente que la gente tenga dinero para ir a los espectáculos. Luego, algo esencial es que salgan toreros revolucionarios o que, al menos, atraigan al público, especialmente a los jóvenes. 

-¿Le respetaron los empresarios? 

-Sí. Iba a los sitios que me gustaban y donde me daban lo que merecía. No me subía a la parra, pero no aceptaba "esto es lo que hay...". 

-Algunos critican que José Tomás se excede en honorarios. 

-Yo no sé. Creo que llena las plazas, ¿no? Y el primer triunfo de un torero es que llene las plazas. Otros no las llenan y él lo hace. 

-¿Qué era lo más duro cuando estaba en activo? 

-Esa soledad que vivía pensando en el toro, durante horas y horas; pensando también en el público. Con todo eso me comía mucho la cabeza. Y luego, claro, lo que nadie ve: yo me cuidaba muchísimo porque no se puede estar a merced del toro. 

-Y en el hotel, ¿se veía toreando? 

-Por supuesto. Siempre me mentalizaba durante horas y horas en que tenía que torear lo más despacio posible, pasara lo que pasara. Uno de los elogios más grandes es de un amigo mío, José Romero, que iba diciendo: "A Curro le dieron el otro día un aviso pegando un lance". 

-¿Y en el ruedo de la Maestranza sentía algo especial? 

-Toreando sentía cosas distintas. La inquietud siempre está ahí. Pero salía con más tranquilidad que en otras plazas. Si salía mi toro, sabía que iba salir bien. En algunos otros sitios es que te inquietabas. 

-Pero en plazas tan exigentes como Madrid, usted también era idolatrado. 

-Sí. En Madrid había aficionados estupendos, aunque ha cambiado desgraciadamente a peor. Había plazas en las que antes de entrar ya se echaban encima del coche y le daban unos viajes a la ventanilla, "¡A ver cómo te portas!". Y casi rompían el cristal. Pero Sevilla y Madrid eran plazas que, como yo digo, te daban el pasaporte para todo el mundo. 

-¿El mejor público? 

-Como ya te dije hace años, el del tenis, que siempre está calladito. Fuera de bromas, el de Sevilla es muy respetuoso y mi preferido. 

-Prohibiciones. Cataluña abrió la espita. Ahora Bogotá... 

-(Gravedad en el semblante) Es un tema político. Los antitaurinos, en su mayoría, son ignorantes con respecto a la tauromaquia porque no tienen ni idea de lo que va esto. 

-Usted es espejo para los toreros con el sello de artista ¿A quién o quiénes destacaría en su línea dentro de los actuales? 

-Lo sabe todo el mundo. Hay un torero en La Puebla que se llama Morante y que tiene lo que Dios da. Y a mí hay otro que me gusta muchísimo, Diego Urdiales, que también tiene mucho arte. Es un torero que se mide, aunque le ponen en corridas duras. 

-¿Qué opina de su sobrino-nieto, un novillero que está gustando mucho? 

-Ahora lo está pasando mal por los percances. Tiene el pómulo izquierdo fracturado. Ha estado a punto de perder un ojo. La última vez que lo vi fue en la Feria de Santander y estuvo bien. Con el capote torea despacio. Es un torero serio. No anda tonteando. Está en su sitio. Tiene muchas cualidades. A ver si tiene suerte, porque la suerte es fundamental. 

-¿Y de antaño? 

-Desde Chicuelo a Pepe Luis y su hijo, Chicuelo hijo, con el que toreé, Rafael de Paula, Antonio Ordóñez, Camino, El Viti. Todos los toreros grandiosos... 

-Ese toreo de pellizco, ¿se nace con ello o hay que 'trabajarlo'? 

-(Se ríe) Ya puedes trabajar todo lo que quieras, que como no lo tengas... Si todos fueramos iguales, imaginate, esto sería... 

-¿Cómo es su vida actualmente? 

-Ahora que ha acabado el verano, estoy deseando reiniciar mis partidas de dominó con mis amigos, en Los Remedios. Por las mañanas, me dedico a hacer ejercicio; vamos, a caminar, aquí, en casa. 

 -Su Sevilla soñada. 

-La que he vivido. Mis ratitos de flamenco, tanto en tablaos como en ventas. 

-¿En qué precisa mejorar? 

-Sevilla siempre te gusta. Lo que no me gusta son las prisas. Antes te encontrabas con gente y era todo más tranquilo. Ahora, incluso cuando termina una corrida de toros, todo el mundo sale corriendo, nadie se queda a charlar con los amigos en los bares sobre lo que ha vivido. Es horroroso. Pero Sevilla siempre gusta. 

-Ya lo dice la canción: Sevilla tiene un color especial... 

-(Semblante de alegría) No es que Sevilla tenga un color especial, es que Sevilla es la luz, una luz especial. 

-¿Continúa sin coger un capote o una muleta para torear de salón? 

-(Mueve las manos como si diera una verónica) Tras la retirada, ni una vez. No ves, la cintura dura, la espalda que duele. Hasta los huesos crujen. Para qué voy a darle ese disgusto al cuerpo.

fuente:diariodecadiz.es