miércoles, 19 de febrero de 2014

ARTÍCULO INTERESANTE.-A los bravos les solivianta el olor a sangre y cuando tienen una cuestión pendiente la resuelven a cornadas

¿Por qué se pelean los toros?


Es la hora de la venganza. Dos toros bravos tienen entre sí una cuenta pendiente. Quién sabe si por la conquista de la hembra, porque uno se cree el amo y un recién llegado al cercado le puede hacer sombra, por una mirada que lanza misiles, ante algo que les molesta, por el tiempo... El porqué real casi nunca se sabe, pero el berrido del toro a punto de la lucha hace estremecer ya sea de noche o o de día. Hay uno que lucha siempre por el liderazgo. 

«¿Por qué ese toro que estaba tan tranquilo ha comprendido que el desafío era para él?», preguntó en una ocasión Antonio Díaz-Cañabate al mayoral de «Los Alburejos». La respuesta fue de esta guisa: «¡Vaya pregunta que me hace! Si yo lo supiera sería un toro y no un hombre. Los hombres no podremos nunca conocer más que muy poquitas cosas de los toros, pero no le quepa duda de que esos dos que se van a acometer tienen una cuestión pendiente que van a resolver a cornadas». 

La gresca no se hizo esperar. Un toro paseaba con altanería, buscando la guerra. Hasta que uno aparta el hocido del pienso y encampana sus cuernos. «¿No se lo dije? Ya está armada. Miren cómo los otros toros se apartan y les dejan el campo libre», dijo el mayoral a El Caña, que lo contaba así: 

«El desafiador escarbó la tierra y en ese mismo momento el que aceptó el desafío se lanza sobre él. Chocan sus testuces con gran violencia. En el absoluto silencio campestre se oye un ruido seco como el estallido de un látigo. Los cuatro cuernos quedan entrelazados. Ninguno de los luchadores cede terreno. La dos cabezas unidas voltean como badajos de campanas lanzadas a rebato. El espectáculo es en verdad impresionante».


 Cornada mortal 

Aquella pelea acabó sin sangre. Ningún adversario cedió. Ninguno pudo hundir el pitón en el costado del otro. Cada cual se fue por su lado. Pero no siempre sucede así. Lo contaba don Álvaro Domecq y Díez en su fabuloso libro «El toro bravo». En sus páginas plasma una cornada mortal en el corazón, mientras el animal sangraba por la boca. «Los toros al oler la sangre sentían la llamarada de la bravura y de la rabia y querían pelearse entre sí, sin hacer caso a las voces y los gritos de los vaqueros. Se arrancaban furiosos unos contra otros y embestían a lo que tuvieran por delante. Porque decir que la sangre no solivianta al toro no es cierto. Cuando huelen a sangre arman un escándalo de berridos, bramidos, escarban y pegan carreras de un modo espeluznante». ¿Por qué se pelean los toros? 

El sabio de los toros explicaba que separaba las corridas en función del peso y el ardor bélico de los «guerreros». El problema: cuando un toro no se lidia en la corrida separada, es complicado unirlo a otra porque, al desconocerse, son más propensos a la pelea. No son pocas las bajas, calculadas en un 5 por ciento, por peleas. 

Don Álvaro Domecq habla también de un tipo de toro, el abanto solitario, ese que «organiza sus depredaciones por su cuenta y riesgo». Fue el caso de «Campasolo», un cárdeno del marqués de Salas que mató a cornadas a cuatro toros de su camada, dos becerros y una vaca y que cuando se lidió en la plaza fue de lo más «vulgar». 

Cuentan los ganaderos que los toros más pegones no suelen ser luego los más bravos en el ruedo. Todo lo contrario: «Se desinflan a la hora de la verdad». No siempre el líder del campo es el líder de la arena.

fuentes:abc.es