lunes, 24 de febrero de 2014

Crisis en el sector 

El ocaso del campo bravo 


En el empeño de explicar la Tauromaquia por las bellas artes y la Cultura, se olvidaron del mugido atávico del toro como tótem enhiesto en el reloj de sol de los ruedos; en la persecución del sueño del toro de ojos verdes de Villalón se despeñaron los ganaderos románticos por el rocoso precipicio de la economía. El mazazo vertiginoso de la caída de festejos desde 2007 -un brutal 60%, 59,2% para ser exactos, focalizado en plazas de tercera especialmente- se dibuja como el hongo nuclear de Hiroshima sobre el paisaje de las 500.000 hectáreas del campo bravo español que vivía entonces en plena burbuja.

La crisis exógena que tumbó todos los sectores del país, el puyazo del 21% del IVA y la crisis endógena de quienes olvidaron que sin toro no hay fiesta han desembocado en una situación dramática: una interminable hilera de vacas de vientre camina hacia los mataderos cual sueño antitaurino -en seis temporadas, la caída se embala desde las 57.543 cabezas a las 36.346 actuales; en el año 2000 había 61.216- y otras miles y miles engendran hoy la mansedumbre del ganado de carne por pura rentabilidad. Los costes de producción (pienso, gasoil, etcétera...) se han duplicado y se han comido la despensa sin mercado ni salidas posibles; el mercado que en retroceso tiró abusadoramente los precios, sabedor de la situación de angustia: una corrida que hace siete temporadas valía 36.000 euros en la actualidad puede salir por 18.000, con suerte y si otro compañero no acepta cantidades menores e indecentes. Ni para pipas, se solía decir en castizo, ni para cubrir costes. La venta de toros para las calles -otrora impensable entre los miembros de la Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL)- se ha disparado; las otras asociaciones simplemente han quebrado. Avisan los sanedrines: del stock se puede pasar a la carestía de toros entre 2016 y 2018. 

Ganaderías y ganaderías se hunden en las turbulentas aguas y entre las fauces voraces de la ballena del empresariado. Surgieron tratantes oportunistas que, como estraperlistas en la posguerra, se hacían al por mayor y por corta moneda con camadas enteras, no sólo de toros al borde de ser lidiados, sino de añojos y erales cuyos costes de mantenimiento se antojaban insostenibles en los cuatro años de inversión -cuatro es la edad reglamentaria para ser toro y saltar a una plaza, dato para profanos- que se extienden por delante como el desierto de Sonora. 

Quejas

Sólo la élite ganadera (Garcigrande, Victoriano del Río, Juan Pedro Domecq, Zalduendo, Daniel Ruiz, Alcurrucén, Victorino, Fuente Ymbro, Jandilla, El Pilar, Cuvillo y alguna más) supervive con holgura porque lo lidian todo o casi todo. Una voz veterana, respetada y de referencia como la de José Luis Lozano -15 años empresario de Las Ventas, toda una vida al frente de Alcurrucén- lo denuncia con crudeza: "No hay respeto por los ganaderos. Ni hace falta que los empresarios nos aprieten tanto. En nuestras manos se encuentra la materia prima para que el espectáculo continúe. Sin toro no hay nada y tristemente están desapareciendo ganaderos tradicionales. Se paga menos de la mitad que hace una década y los costes se han duplicado. O te funciona un negocio paralelo o es imposible ser ganadero". 

Lozano abunda en la realidad tremebunda: "Mueren ganaderías que hace 30 años estaban en todas las ferias. La madre de todo es el toro y no se cuida. Las figuras del toreo no han acusado la crisis en sus honorarios y nosotros vivimos en una incógnita: sólo conocemos las apreturas". 

André Viard, presidente del Observatorio para las Culturas Taurinas de Francia, biopsia el problema con afilada nitidez: "En los últimos diez años se ha producido un desequilibrio, inasumible para los ganaderos entre el valor de los toros y el caché de las figuras. Hoy en día una corrida de feria vale tres veces menos que la cifra exigida por el torero más cotizado del cartel. En épocas anteriores, el ganadero y el principal matador de la terna cobraban lo mismo". Lo único que queda de "lo mismo" es que el "principal matador", como dice Viard, sólo quiere matar "lo mismo" feria a feria, las mismas ganaderías, de marzo a octubre. Y el abismo se abre entre la división de honor y el resto de la liga ganadera. 

El mundo del toro, en números. 

Voz de alarma 

En 2009 la noticia de la muerte, aunque fuera una muerte anunciada, de la histórica ganadería de Atanasio Fernández, creador de un encaste propio, encendió una tímida y grave luz de alarma: únicamente causó conmoción entre los nostálgicos de un hierro que se mantuvo en la cima de todas las ferias de España desde la década de los 50. La mala gestión de su bravura, no sólo la jungla de la crisis, lastró su sangre hasta el fondo del pozo del matadero. Y ese camino han seguido demasiadas ganaderías: 36 figuran «sin actividad» en 2013 en la UCTL; dos hierros como Hernández Pla y el citado de Atanasio han quedado como ganaderías durmientes que no despertarán jamás. 

El negocio del ganado manso se presenta como vía de escape. Fecundas razas de carne como el charolés o el limusín entran a mezclarse en ganaderías bravas por mera rentabilidad. "De un becerro de manso -explica Carlos Zuñiga, veedor de toros y empresario- se obtiene en siete meses, con sólo la alimentación de la madre, una rentabilidad de 600 euros, y a eso hay que sumar los 200, más o menos, de la subvención de la Unión Europea, establecida para todo tipo de vacuno. Para sacar si acaso 1.000 euros de un becerro de bravo se necesitan dos años..." 

Las novilladas prácticamente se regalan. Y en ocasiones sin el prácticamente. En una plaza como la de Madrid, se han llegado a pagar 10.000 euros (en torno al 1.800.000 de las antiguas pesetas) por novilladas que una década atrás oscilaban entre los 35.000 y los 36.000 euros. El presidente de la UCTL, Carlos Núñez, cree que «el mercado se autorregulará hasta que se cubran los costes de producción del toro. Pero igualmente nos preocupa la viabilidad de los festejos". La hipotética bajada del 21% del IVA, piensan en la Unión, repercutiría no sólo en el precio de las entradas, sino también en el del toro, "sometido al mismo gravamen". 

A la espera de un rayo de luz, el ocaso del campo bravo sigue su curso como el sol de poniente. Y el toro de lidia, con toda su grandeza y su inmensa riqueza ecológica, quedará para la poesía: «Es la noble cabeza negra pena, que en dos furias se encuentra rematada, donde suena un rumor de sangre airada y hay un oscuro llanto que no suena».

fuente:elmundo.es

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