domingo, 23 de octubre de 2011

Conmocion en el mundo del toreo tras la noticia del fallecimiento del Maestro del mechón blanco "Antoñete". Os dejo algunos de los titulares de la prensa nacional dedicados al fallecimiento de Antonio Chenel "Antoñete":


Uno de los mejores toreros de todos los tiempos


Fallece a los 79 años 'Antoñete'



'Antoñete', historia y religión del toreo, ha fallecido a los 79 años. El diestro ha muerto en el hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, donde llevaba varios días ingresado a consecuencia de su grave enfermedad respiratoria.
Antonio Chenel 'Antoñete', que desde hace años sufría un enfisema pulmonar, ha muerto rodeado de todos sus hijos y de su segunda esposa, Karina. Según la familia, el lunes se instalará una capilla ardiente en la Monumental de las Ventas, donde se crió el torero.
El diestro reapareció en 1981 para dictar desde el magisterio de su cincuentena las cinco temporadas más hermosas de la época moderna: "Soy lo que soy gracias a Madrid, en Madrid y por Madrid".
Antonio Chenel redescubrió el clasicismo eterno, las distancias, el empaque, a una generación joven que se enganchó, a través de su blanco mechón, a la Fiesta. Chenel, como tiene escrito Díaz-Yanes, cumplió con la máxima del oráculo griego: "La vida consiste en llegar a ser lo que eres, y Antoñete es de los pocos elegidos que ha tenido la suerte de llegar a ser lo que es: TORERO".
Su leyenda se forja a través de cuatro décadas ciclotímicas: sus huesos de cristal siempre se quebraban cuando la diosa Fortuna venía a llamar a su puerta. Renació después de los años cincuenta, en un mes de 1965 en Madrid, frente a un toro de Félix Cameno, preludio de aquella melodía sinfónica que fue la faena al toro 'blanco', 'Atrevido' por nombre, de Osborne, en el San Isidro de 1966.
En los corrales de Las Ventas, su casa, aprendió de niño a leer la bravura en los ojos de los toros de la mano de su cuñado Paco Parejo, su brújula; en las noches del Madrid de Chicote leía en otros ojos las madrugadas. En 1975 se fue en silencio a Venezuela por la puerta de atrás para regresar en los 80 por la Puerta Grande, grabar a fuego lento los nombres de 'Cantinero', 'Carazul', 'Danzarín', y su vestido malva y rosa cargado de torería, y sus lágrimas de gloria, y el humo del tabaco pegado a su boca, y los pulmones negros, y el blanco mechón que el destino le dibujó como un lucero.



Nació en Madrid el 24 de junio de 1932.
Presentación en Madrid el 5 de junio de 1952
Alternativa: Castellón, 8 de marzo de 1953. Padrino: Julio Aparicio. Testigo: Pedro Martínez






fuente:elmundo.es





Antoñete, adiós al aroma del mejor toreo




El diestro, espejo de figuras del toreo, muere en un hospital de Madrid



Un mechón, una forma de romper plaza, de hacer el paseíllo y de ir a la cara del toro, con fragilidad. Antonio Chenel (Madrid, 1932), Antoñete en los carteles, ha fallecido en la tarde del sábado en Madrid, aquejado de los problemas respiratorios que le hicieron dejar los ruedos. El tabaco, su compañero de miedos y soledades, le fue apagando poco a poco hasta tenerle recluido en su finca de Navalagamella. Hace cinco días le ingresaron aquejado de un pertinaz enfisema pulmonar. "Nos dijeron que duraría diez horas y hasta hoy", dice la familia.

El cuerpo del torero, un mito de la tauromaquia moderna, se velará el lunes a las nueve de la mañana en Las Ventas donde se exhibe una placa: "Esta fue su casa, esta es su plaza". A las cuatro de la tarde el cortejo fúnebre saldrá camino del cementario de la Almudena. Hijo de un monosabio y cuñado de Paco Parejo, el mayoral de la plaza, quiso ser torero a la antigua usanza, siguiendo la estela del Manolete que conoció en su infancia.

Su estilo, su clasicismo y su historia de superación personal quedan para la historia. Siempre le dieron igual los triunfos, la fama o la cuenta corriente, al maestro Chenel lo que le gustaba era usar su muñeca de seda para domeñar las embestidas. Siempre destacó por su conocimiento del toro, por saber en qué terreno debía hacer la faena sin deformar la figura, fiel al canon.

Espejo de toreros, César Rincón y Curro Vázquez han sido quienes mejor entendieron que su toreo era el de ayer, hoy, mañana y siempre, que la técnica tiene como consecuencia la estética, que dar todas las ventajas al toro, engradecen la fiesta y levantan a la afición del tendido. Vázquez, nada más conocer la noticia, entre lágrimas, apenas podía articular palabra: "Ha sido como mi padre, como un hermano. Mi maestro y mi ejemplo".

Tras probarse en algunas becerradas hizo campaña de novillero entre 1949 y 1952. Como promesa del toreo tomó la alternativa el 8 de marzo de 1953 en Castellón de la Plana, a primeros de temporada. Confirmó el 13 de mayo de ese mismo año con Rafael Ortega de padrino y Julio Aparicio, como testigo con astados de Alipio Pérez Tabernero. A partir de ahí comenzó el mito, hasta siete puertas grandes en la plaza más importante del mundo. La última, el día de su 66 cumpleaños, regaló dos toros, vestido de luces, dos toros a la afición venteña, la que siempre supo entender su mundo interior, esperarle y comprenderle.

Pronto empezaron sus señas de identidad, un mechón blanco que le dio un aire nostálgico al principio, de niño de la guerra, y que más tarde le convirtió con sus ternos lila y oro, con el rosa palo, con el verde, en un auténtico emperador romano. Su fragilidad, "¿qué quieres?, si no probé la leche hasta los 14 años", le hizo padecer más fracturas que cornadas. Vivía en la sierra pero recluido el invierno en su microclima, para andar descalzo.

Sus vicios, su aire cheli, también fueron señas de identidad. Muy poca gente se permite construir un bar en el jardín, con su barra, sus mesas con tapete y hasta máquina tragaperras. "Jugué tanto a esta que me la regalaron", se justicaba.

Su vida sentimental fue tan ajetreada o más que la taurina. Tras un matrimonio, corto en el tiempo pero con amplia descendencia, con Pilar López Quesada, mantuvo una relación con la actriz Charo López. En Navalagamella encontró, junto a Carine Bocos, su esposa y madre de Marco Antonio, el menor de sus vástagos, la paz y el sosiego. El 16 de febrero de 2001, el Consejo de Ministros reconoció su trayectoria con la medalla al Mérito de las Bellas Artes.

Hace tres años interrumpió su sueño de ganadero de Murube, el encaste que ahora solo se lidia en festejos de rejones y que a él tantas satisfacciones le dio. Allí, de cuando en cuando, deleitaba a los amigos con unas tientas en su estilo, con el empaque de siempre enfundado en playeras, pantalón de chandal y chaqueta de guata. No era un lila y oro. No había público. Daba lo mismo. Lo que no dejó nunca fue su labor como comentarista en Canal + y sus análisis, hasta el pasado domingo, en el programa Los Toros de la Cadena SER.

fuente:elpais.com


Muere Antoñete, espejo del clasicismo.


Falleció ayer, a los 79 años, en el Hospital Puerta de Hierro de Madrid, donde ingresó aquejado de una bronconeumonía.





Muchas veces, al llegar a Las Ventas, con la ilusión de saborear, una vez más, el toreo clásico de Antoñete, he recordado la frase proverbial: «Torea, aquí, como en el patio de su casa». Ésa había sido su casa: ahí, prácticamente, se crió y comenzó a soñar con el toreo.

Nació Antonio Chenel Albaladejo en Madrid, el 24 de junio de 1934. Su infancia transcurrió en los duros años de la inmediata posguerra, junto a su tío, el mayoral de la Plaza madrileña.

Allí se vistió de luces, por primera vez, en 1949; con picadores, en 1952. Ese año toreó ya sesenta novilladas y encabezó el escalafón.

Tomó la alternativa en Castellón de la Plana el 8 de marzo de 1953, de manos de Julio Aparicio, con toros de Julio Chica. El 13 de mayo de ese mismo año la confirmó en Madrid, con toros de Alicio Pérez T. Sanchón, siendo su padriño Rafael Ortega. Pocos días después, logró un gran triunfo, en la misma Plaza, al cortar las orejas a sus dos toros de Bohórquez.

«A “Atrevido” lo amé...»

Su larga carrera se ha comparado muchas veces a un Guadiana: triunfos, cornadas, desánimos, lesiones en los huesos (su punto flaco), campañas americanas... Una efemérides especial: en 1956 estoqueó seis toros de Miura, en Palma de Mallorca.

No toreó en 1959 pero sí en 1960. Dejó de nuevo los ruedos en 1962, para volver en el 63. En el 65 obtuvo otro gran éxito, en Las Ventas, el 8 de agosto, con un toro de Félix Cameno.

El 15 de mayo de 1966 realizó su histórica faena a «Atrevido», el toro «ensabanao» de Osborne. Recuerdo su comentario: «A “Atrevido” no lo toreé, lo amé como se ama a una mujer. Cuando pasaba bajo mi mando, el placer me inundaba, temblaba por dentro, gozaba como nunca».

Alternan, esos años, los triunfos con las cornadas. Dejó de nuevo la profesión en 1971. Reapareció, sin gran éxito, en 1973. Se despidió como matador, en Madrid, el 7 de septiembre de 1975, matando seis toros de Sánchez Fabrés, García Romero y Camaligera. Le cortó la coleta Paco Parejo, su cuñado: parecía que concluía así definitivamente su carrera.

Volvió a torear en América, a fines de 1977, y los éxitos le animaron a volver a los ruedos. Esta nueva etapa fue, sin duda, la de mayor responsabilidad y plenitud artística. Con cerca de cincuenta años, Manolo Vázquez y él mostraron a los jóvenes la belleza eterna del toreo clásico, sin tremendismos, dando al toro sus distancias...

La cumbre llegó, quizá, en 1985, con dos tardes inolvidables. La primera, el 22 de abril, cuando conquistó al público sevillano, con toros de Carlos Núñez. Se había dicho que podía ser su última tarde en La Maestranza. A pesar de sus limitaciones físicas, Antonio logró, en una tarde lluviosa, una gran faena, con tres naturales irreprochables. Al día siguiente, Vicente Zabala titulaba, en ABC: «Un grito: ¡Viva la Virgen de la Paloma! Emotivo adiós a Antoñete de Sevilla».

El segundo acontecimiento tuvo lugar en Las Ventas, el 7 de junio, con toros de Santiago Martín y Garzón. Salió por la Puerta Grande, al grito enfervorizado de «¡torero, torero!» Ya había sobrepasado los cincuenta años. Escribió Ignacio Aguirre: «Toree usted con perfección técnica, pero con arte celestial. Eso, a pesar de lo que usted piense, sí es posible. Antoñete lo hizo ayer, y pongo por testigo a veinticinco mil espectadores, que salían asustados, porque muchos de ellos, sobre todo los jóvenes, no creían que el arte del toreo pudiese alcanzar cotas tan altas de perfección». Federico Jiménez Losantos enlazaba metáforas entusiastas: «Aquello no eran naturales, aquello eran escoriales, que es como a partir de ahora se llamará a los naturales del maestro Chenel. Yo no he visto torear así de bien nunca a nadie». Y Félix Grande buscaba la raíz humana de esa emoción estética: «¡Qué alegría asistir a una cosa tan seria. Porque resulta que el toreo es una de las más serias alegrías inventadas por la solemne vejez de la cultura...»

El «jodío fumeque»

Llegaron luego los vaivenes —retiradas, vueltas— que han sido constantes en su carrera. Recuerdo la tarde trágica de Burgos, en que se ahogaba, apoyaba en la barrera: el «jodío fumeque», que decía Juncal... No se resignaba a retirarse: los toros habían sido su vida entera. Y lo siguieron siendo, ya como comentarista televisivo y como impenitente aficionado, hasta el final. Hablaba poco y bajo: era también un maestro valorando los detalles de la lidia...

Tuvo siempre una clase excepcional. Era un pícaro de la posguerra que toreaba como los ángeles. Le gustaba que le recordara yo que, en uno de aquellos Festivales de Navidad que organizaba doña Carmen Polo, le dio un baño a todas las figuras, incluidos Antonio Ordóñez y Luis Miguel...

Toreando así, ¿por qué no fue, siempre, una primerísima figura? Fragilidad de los huesos, otras debilidades humanas... Pero tenía todas las cualidades que necesita un gran torero: conocimiento del toro y de la lidia, valor, arte, torería. En la memoria del corazón brillan destellos imborrables: aquella forma de doblarse con el toro, aquella media verónica, los cites de largo, dejando venir al toro, los ayudados por bajo, cargando la suerte...

Cuando se retiró definitivamente, Pepe Dominguín escribió, en forma de carta a su hermano Domingo: «Te escribo consternado: Antoñete se va. Y esto duele». Eso sentimos hoy los que tuvimos la suerte de emocionarnos con su arte.


fuente:abc.es

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